Desde alguna parte, una sonrisa, se lanzó al viento.
Alguien, que no soportaba el sufrimiento,
Que se ahogaba con sus propios pensamientos
Y envuelto por mil sentimientos,
Se arrodilló en el suelo y aunque intentó gritar,
Se esforzó, y apretó su voz hasta la saciedad,
Pero no lo consiguió; todo quedó en un intento.
¿Qué ocurría en su garganta que impedía brotar el sonido?
Tragó saliva e inspiró profundo y de nuevo lanzó aquel grito.
Pero no consiguió emitir más que un tímido quejido,
Algo extraño, nada humano, totalmente desconocido.
Y no ya bien descompuesto por el aquel peculiar ruido
Pensó haber perdido la voz para siempre, en aquel instante.
Se estremeció de temor y se sintió conmovido.
¿Pero que me está pasando? Dijo en voz alta,
Y al escucharse a sí mismo se le saltaron las lágrimas,
Pues el silencio fue roto por aquellas cinco palabras.
¿Por qué entonces no tenía voz cuando más lo necesitaba?
Fue entonces cuando una larga frase, intensamente pronunciada
Llenó aquellos oídos, que, quedando absortos,
Se cerraron para no escuchar nada más.
Las lágrimas brotaron sin cesar de aquellos sufridos ojos,
que no daban crédito a lo escuchado hacía un segundo solo.
Empezó a recordar porqué quería lanzar aquel grito sordo,
lo que sentía en su interior a cada paso, en ese momento.
Y todo era soledad, tristeza, abandono, pena y agobio.
Siendo esto la gran causa de la angustia de su alma,
Ésa que nada ni nadie alivia y que no se olvida de ningún modo.
Quería encontrar una respuesta a su temible situación;
donde la esperanza no tenía ya lugar ni tampoco el corazón.
Solo lo negro afloraba y le conducía a la desazón,
siendo como un clavo ardiendo que desagarraba su interior.
Y en medio de aquella estampa de oscura desesperación,
Llega en el vacío esa frase,
Que percibió claramente y nadie más escuchó.
He aquí lo que dijo aquella voz desconocida,
Que conmovió tan profundamente a aquella alma perdida.
Díjole en el silencio,
como última estrella del día:
“Yo Te Amo, nada más ha de importarte, creí que ya lo sabías…
Yo te escucho, y no hay voz suficientemente muda para que no pueda oírla;
Te reconforto, te protejo y siempre estoy ahí contigo,
Porque ambos somos Uno, y ese Uno, somos los Dos.
Es Nuestra Vida”
Entonces notó una esencia,
Algo nuevo que en el cielo flotaba.
Una brisa renaciente, un frescor que le embriagaba…
Y respiró aquel frescor…. y floreció la esperanza.
Aquella alma antes perdida,
Cerró sus ojos , abrió sus brazos,
Y desde el cielo, desde alguna parte,
una sonrisa se lanzó al viento
y mecida por la brisa eterna se transformó en una caricia,
Dulce y tierna,
que tras recorrer cada milímetro de vida de aquella criatura
se detuvo justo delante de su frente.
Y con todo el amor que el universo pudo reunir en ese instante,
le dio un beso.
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